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Le ofrecemos el artículo de opinión realizado esta semana por el Dr. José Luis Alcántara Rojas Debo afirmar que el fútbol jamás me ha apasionado, tal vez en un principio porque fue una disciplina deportiva para la que no mostré particulares disposiciones. No obstante, como jugador de baloncesto del equipo de mi colegio, el Claret de Sevilla, fuimos filiales del Betis y hube de asistir durante varias temporadas a sus partidos en la tribuna de aquel legendario “Estadio Benito Villamaría”, al que el nefasto presidente Lopera cambió de nombre para ponerle el suyo propio ... !Que ya fue una demostración clara de prepotencia y narcisismo! |
Pasado el tiempo y convertido en puro espectáculo, dada la profesionalización de este deporte, reconozco que llegué a aborrecerlo, entre otras cosas porque se me antojaba como un sucedáneo de una política inexistente durante la dictadura. Y como una válvula de escape: al arbitro, ese señor omnímodo y además vestido de negro, era la única autoridad que se podía criticar públicamente e incluso insultar, llegándose habitualmente incluso a recordatorios muy peliagudos destinados a sus padres o a sus propios y pobres difuntos.
Yo pensaba que el fútbol venía a convertirse en un auténtico “opio del pueblo” en aquella España imposibilitada para asociacionismos y cualquier grupo de opinión ajeno al pensamiento único de aquel régimen. Y llegué a creer que el fenómeno de su prosperidad tan solamente ocurría en nuestro país. Hasta que se pudo traspasar el denigrante “telón de acero” y los cronistas nos transmitían sus crónicas futboleras que venían a demostrar que hasta Rusia, y sus satélites, andaban también embebidos por la misma pasión. !Tal vez fuera una de las primeras globalizaciones que existieron!
Pero la cosa ha ido in crescendo, hasta tal punto de haberse podido vivir ahora, en pleno siglo XXI y en este mismo país, el tremendo fenómeno de masas enfervorizadas, hipnotizadas y ciegas, pendientes del Mundial recientemente finalizado de Sudáfrica y coronado brillantemente por nuestra Selección Nacional. Durante el período del campeonato este país se ha olvidado de todo, hasta de la tremenda y agobiante crisis que padecemos. Y ya corren riadas de tinta analizando los poderes aglutinadores que ha originado este auténtico tsunami deportivo.
En torno a “la roja”, como ha venido a llamarse nuestro equipo, por alusión al color de las camisetas del uniforme simplemente, aunque hayan algunos mal pensados que decían que el término estaba politizado por la moda de los actuales “rojerios” al uso, digo que al socaire de las virtudes demostradas por jugadores, entrenador y demás adlateres, España ha vuelto a estar más unida que nunca por alcanzar un ideal común. Casi me atrevería a decir que la vieja piel de toro ha vuelto a ser un país uniformado y con una misma bandera, que hacía tiempo no se veía proliferar en calles y en las colgaduras de las casas.
Hasta tal punto ha llegado el fenómeno de “la roja” que han palidecido los brillos de líderes y de partidos políticos. ¡Y ello si que les debe hacer reflexionar a más de dos que uno conoce...!









